Desalambrando
Decir, intentar, buscar, rascarse la cabeza con la punta de los dedos mientras los horizontes se suceden.
domingo, 7 de enero de 2024
EL RULO Y LA REINA MAGA
domingo, 11 de septiembre de 2022
Amándoles
Amándolos... siempre! ❤
Que siempre p'alante.
Que rendirse es traicionar.
Que nunca no se puede.
Que es verso el ya están grandes para eso.
Que cuando nos piden madurez están queriendo ajustarnos al molde.
Que la vida es un rato y no hay que perder tiempo en cosas que no nos hagan felices.
Que el brazo tendido no se negocia; el sanguche se parte en tantos pedacitos como bocas esperen y la botella se comparte del pico.
Que el dolor se mastica, las tristezas se paran con el pecho y la alegría se lleva en la frente contra viento y marea.
Que la solemnidad en los momentos importantes, las pelotas!!!
Que la vereda sea la del sol, la de los incómodos, la de los rebeldes, la de los golpeados, la de los que nunca se dan por vencidos.
Que se camina del lado de afuera, donde la lluvia cae a baldes, sin paraguas ni techitos, pisando fuerte en las baldosas rotas que salpican el barro.
Que la pelota es al piso y por abajo, pero si hay que reventarla se revienta, sin culpas ni rencores.
Que al amigo todo, pero todo, todo; y al enemigo... ni justicia.
Que a la muerte se la mira a los ojos, se le escupe la cara y se le ríe sin miedo.
Que a la vida se le abren los brazos, se le muestra la lengua, se le agarran los huevos, se la saca a bailar.
Que se le planta al gil, al miserable, al enemigo de los amigos.
Que lo que manda es siempre el corazón.
Que verguenza es mirar para otro lado.
Que a la tormenta se la enfrenta cantando, con los lienzos caídos y el pecho a dos aguas.
Que ningún hambre nos es ajeno, ninguna tierra tiene extranjeros y todo cielo debe tomarse por asalto.
Que todo pibe es nuestro, que a cada viejo le debemos algo, que caminamos sobre huesos, y estamos hechos de camino.
Que no se llora, no se ruega, no se piden piedades. Se grita y se combate hasta el último aliento.
Que todos los tachos se patean, que no hay grises, que cada instante es todo o nada y cada pelota es la última.
Que el futuro es nuestro.
Que en cada compañero va la vida.
Que el paraíso cabe en un abrazo.
Que ningún Te Amo se deja para mañana.
Que La Patria es el otro.
Y Que Viva Perón !
Pablo Isi
jueves, 11 de junio de 2020
Gardelito de Gerli
No era un improvisado y mucho menos uno de esos que vienen de la nada, de un día para otro, a querer pisar fuerte con el cartel sin poder mostrar la marca del barrio en los zapatos. Tampoco estaba claro de quién era, porque más de una esquina lo reclamaba como propio aunque ninguna podía demostrarlo fehacientemente, y eso daba lugar a polémicas que no pocas veces terminaban en batallas campales y disturbios generalizados.
Los de Sarmiento y De la Serna aseguraban que allí nació su fama. Contaban historias difíciles de verificar que venían desde el fondo de los tiempos y llegaron incluso a presentarlo en los Carnavales de Villa Ideal la noche que cantó junto a Jorge Falcón con la orquesta de Héctor Varela.
En Villa Argentina reconocían que el dato era verídico, pero aunque no había fotos que pudieran certificarlo, esgrimían que varios años antes se subió al escenario cuando Yuyu Da Silva cantó La Mamadera el día que metieron Mil Quinientas personas en el salón de Salta y Carabelas.
Como todo artista popular que se precie de tal, Gardelito no desmentía ni confirmaba nada. Parco, distante, con aceitado equilibrio y una precisión única para medir el ánimo de su público, apenas si respondía las decenas de preguntas que le caían como lluvia cada vez que se detenía para responder uno de los cientos de saludos que recibía al atravesar las veredas a paso inconfundible que fue haciéndose más lento con el pasar de los años.
La noticia de su muerte corrió por los barrios como saeta.
La transmisión oral de las noticias en los barrios fue precursora de la inmediatez que actualmente disfrutamos a través de las redes sociales. Hasta hoy podemos escuchar a algunos de aquellos pioneros aventurar distintas explicaciones sobre la cuestión, todas dignas de atención y merecedoras de un análisis más profundo.
La Chela, por ejemplo, sostenía que las vías del tranvía tenían una relación directa con la velocidad y la dirección de la difusión. Por eso las noticias circulaban primero por Salta o por de La Serna, de acuerdo al lugar donde se originaban, y cumplían el recorrido haciendo la curva en la intersección de ambas, para recién ahí trasladarse a las calles periféricas como una especie de efecto piedra en el charco.
Por eso aquella primera muerte de Gardelito fue sembrando de tristeza y estupor el espinel comercial que enmarcaba la doble vía de acero que brillaba sobre los adoquines.
Durante algunos días hubo un luto no declarado pero definitivamente conmovedor. Ni música en los negocios, ni pelota en la siesta, y una emotiva reducción del volumen de las conversaciones que se tenían a la nochecita cuando se sacaban las sillas y el mate a la vereda.
El tiempo fue haciendo su trabajo reparador, y poco a poco Gardelito empezó a convertirse en leyenda, hasta que una tarde, con las primeras sombras, su voz arrabalera se impuso sobre el ruido de las persianas que bajaban puntualmente a las ocho de la noche. Vecinos a la calle, miradas hacia la esquina, y él apareciendo, de impecable traje azul a rayitas celestes y pañuelo al tono en cuello y bolsillo, soltando la ovación que estalló luego que el shock colectivo diera paso a la emoción y el alivio.
Esa tarde hubo más tangos que los habituales, y hasta apretones de manos con los chicos de la cuadra y otros muchos que vinieron a confirmar la buena nueva.
Gardelito generaba emociones distintas en las diferentes franjas etarias que congregaba su presencia. La alegría y admiración de los pibes ayudaba a que los grandes y los más grandes, acomodaran sus sensaciones que con el tiempo fueron atravesando el largo camino que conduce del desprecio a la compasión y de ésta al cariño incondicional.
En tiempos en que toda mención pública al General era casi una condena, Gardelito cerraba su paso por la cuadra cantando con fervor y ojos vidriosos, la mejor versión de la Marcha Peronista que pudiera escucharse jamás, ante el delirio de los chicos y la complicidad de muchos no tan chicos que envidiaban esa libertad sin límites que da la locura. Había, claro, alguno que otro, que daba por terminada la función y la sonrisa apenas escuchaban “Los muchachoooos peroniiiistas…”, pero eran los menos, y no interferían en el estado de emoción colectiva que se desparramaba por baldosas y adoquines.
Olía a perfume y vino tinto, y aunque con el pasar de los años fue sumando olores y canas, siempre fue sinónimo de alegría popular verlo llegar caminando desde el fondo de Salta. Gardelito, como los astros más reconocidos, aparecía por el Este, y en lento transitar iba desdibujándose hasta esfumarse pasando Cangallo en un poniente que quién sabe dónde terminaba.
Vinieron luego varias otras muertes, a tiros en un bar de Sarandí, atropellado por el 295 en la cancha del Rojo como Gatica, prendido fuego en una fogata de borrachos detrás del barrio Agüero, y nuevamente destrozado por el tren del Provincial, o el Roca vía Quilmes, o entre Gerli y Lanús. Pero siempre, después de cada muerte, regresaba sonriendo y alzando los brazos como si cada esquina fueran los balcones de la Rosada.
Trovador de Gerli, muñeco de la calle en los años donde el mate era ceremonia colectiva en la vereda, Gardelito se fue sin llegar a morirse, porque nunca su muerte volvió a ser una noticia creíble, y aunque sumara testigos y testimonios casi bajo juramento, su historia de resurrecciones era un pasaporte indestructible hacia la inmortalidad que sólo alcanzan las leyendas.
Gardelito de Gerli, amo y señor del tango, ídolo de los niños, hermano de Lepera, soldado de Perón.
Pablo Isi
domingo, 3 de mayo de 2020
Destinos IV
El tiempo le había enseñado a persistir en sus obstinaciones que algunos confundían con voluntad. Se sabía fuerte. Le gustaba escuchar desde niño, leyendas de bestias indomables, de indios alzados y heroínas que destronaban a tiranos y déspotas.
Adoraba andar los caminos más sinuosos, los que nunca se saben hacia donde conducen. Los recorría sin prisa entrando en los rincones más oscuros y saliendo de ellos con precisión geométrica. Había recorrido los ríos huyendo de sus orillas, y soñado desde siempre con conquistar la paz de las montañas más altas, las que atraviesan nubes con sus hielos eternos y guardan los secretos del mundo en cada pliegue de sus rocas.
Conoció desde temprano más infiernos que cielos y pintó de colores el cuero curtido que asustaba a las víboras, contra el que se inmolaban los insectos.
Nunca lo deslumbraron los brillos. Escapaba del relumbrar de los metales y pateaba con desdén las pepitas de oro sobre las que otros se zambullían. Siempre eligió buscar de otra manera, imponiéndose al paisaje, construyendo sus propios horizontes hacia los que avanzaba con calma pueblerina.
Durante muchos años pensó que alguna vez, bajo los cielos que conocía de memoria pero que nunca eran el mismo, encontraría lo que buscaba.
Solía detenerse en detalles ignorados buscando secretos o claves mágicas que abrieran las puertas de vaya a saber qué. Observaba los saltos de las langostas con la admiración que siempre le negó a los pavos reales o a la falsa belleza de las mariposas. Alucinó la vez en que pudo apreciar con sus propios ojos el vuelo majestuoso del cóndor, la imponente maravilla que siempre había sido para él la expresión más genuina y pura de la libertad.
Le dolía no haber nacido con esas alas, carencia a la que nunca logró resignarse y a la que intentó doblegar de todas las maneras posibles. Intentaba imitar ese vuelo bestialmente calmo que reinaba sobre el mundo, solitario y feroz.
Devoraba los caminos de a siete leguas, sobrevolando valles y desiertos casi con desesperanza.
El tiempo parecía haber vencido aquella desmedida ilusión de encontrar la semilla jamás vista, la que dentro de sí albergaba los inmensos tesoros de la vida y otorgaba la magia de la inmortalidad.
El tiempo, siempre el tiempo, ese tirano cruel que va agrietando los huesos y taladrando esperanzas como las olas del océano, tallando paciente e incansablemente el rostro de los Dioses sobre las rocas.
Nunca supo cómo llegó hasta ahí, que sucesión de circunstancias ajenas y decisiones inexplicables lo llevaron a esas arenas, en las que casi sin quererlo acertó a contemplar aquel grano de café que le cambiaría la vida para siempre.
Desde el primer momento que tropezó con ese hallazgo maravillosamente inesperado, supo que lo amaría como nunca había amado a nada ni a nadie y sin pensarlo ni un instante se prometió cuidarlo por el resto de sus días, sin decírselo a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Lo abrumaba la fragilidad de aquel paisaje, de ese minúsculo grito de vida en medio de aquel desierto calcinante, destructor de los cuerpos con su fuego de averno sobre el cual no podría alma alguna reposar nunca jamás.
Intentó descubrir nuevas formas de abrazos, nuevos gritos de guerra que alejaran los vientos y las sombras. Se dejó enamorar con la feliz resignación del que sabe que nada podrá encontrar más allá de eso, que ha llegado a la cima de cualquier existencia posible, a ese punto tras el que no hay más nada y todo alrededor es cuesta abajo.
Se asustó un poco al principio. Sólo un poco. Hasta que pudo aprender a recorrerlo desde el lugar exacto, en que la luz emerge con alas infinitas, como el invicto vuelo azul de un cóndor.
Pablo Isi
Soneto a tres bandas
Frente al verde camino inmaculado
Medio siglo de vida abraza el taco
Mide el pulso la mano, tiza y talco
Para un vuelo de soles a tres lados.
Sale abriéndose paso entre maderas
En dibujo de fina arquitectura
La voraz redondez que en su locura
Busca el beso del par de compañeras.
Roza apenas el hueso colorado
Avanzando con paso de princesa
De una banda a la otra pica y besa
En un tímido choque enamorado
Suelta el aplauso y en el brazo alzado
Reclama el pedestal de la belleza.
Pablo Isi
martes, 28 de abril de 2020
Destinos III
con letras indelebles
la señal de la guerra.
Abrió surcos de látigo en tu espalda
marcó en tus manos restos de futuro.
Dirán que el tiempo
o la naturaleza
con caprichosos trazos te tendieron la trampa
o que en algún lugar
fue culpa de tus piernas
errarle a los caminos
al fin y al cabo el viento es para todos.
La Patria suele ser
un juego despiadado
el crujir espantoso de un puñado de dientes
harapo sobre harapo
y el abrigo a la sombra
de un sonido de tren
barriendo las distancias.
Quién habrá de cerrar
los párpados calientes
de la más cruel de todas las ternuras?
Huesos pidiendo a gritos
un último alimento
para llegar oliendo
a estrellas y naranjas.
No hay soles en las míseras auroras
de un Universo atroz
plagado de princesas
que sueñan con ser sapo.
Pablo Isi
jueves, 23 de abril de 2020
Las Hijas que nos parieron
Las tías siempre contaban que Beba, la partera, salió eufórica de la sala de partos a contarles que era un macho con unas pelotas así de grandes.
Escuché esa historia decenas de veces.
Las pelotas grandes del macho, único varón que tomaba la posta de un apellido en una legión familiar de ocho hermanos y hermanas que tenían el mapa del Líbano pintado en las caras.
No recuerdo bien desde cuando fui aprendiendo que los hombres no lloran, que lloran las mujeres y los putos, que había juegos que eran de nenas y que portarse como un hombre era no tener miedos, ni dolores, ni cansancios, ni nada.
Parecerse a una mujercita era mostrarse débil, sensible, demasiado amable o esbozar ternuras que eran ajenas a la condición natural.
Así fue siempre. Con mayores o menores intensidades, la casa, la escuela y la calle coincidían en una formación que no admitía discusiones, no sólo por las disimuladas defensas represivas, sino porque todo era tan lógico y natural que ni siquiera dudas generaba.
Cuando nos enteramos de nuestro primer embarazo, la vida empezó a girar en torno a Camilo Ernesto. El primero, el que venía a agarrar la antorcha. Sueños de cancha y pelota, de andar juntos por todos los caminos hablándonos en nuestro idioma. Los besos a la panza eran a Camilo, los intentos de poemas y prosa eran para Él, el que venía a bendecir una vida nueva, a mostrarnos de qué se trataba esto de ser tres.
En ese 1995, por primera vez, Ella vino a poner las cosas en claro. La flaca Paula nos decía que la pantalla del ecógrafo mostraba que era una nena, yo que no podía ser. Que qué carajo sabía ella. El, no podemos asegurarlo del Médico mantuvo las chances intactas hasta que el VAR de los embarazos sentenció que no venía Camilo Ernesto, sino Anaclara.
Ya con esa pateada de tablero cuatro meses antes de nacer, debí imaginarme lo que se venía... pero no. No tomé en ese entonces demasiada conciencia, que desde la pantalla del ecógrafo ya estaba gritando que "Machito las pelotas" con la misma firmeza que hoy grita, gritamos ya, juntos, que el Patriarcado se va a caer.
El texto no pretende ser Alegato de Defensa para la absolución de este macho en deconstrucción, ni planteo de inimputabilidad, pero es bueno recordar de qué estamos hechos cuando los impiadosos dedos índices apuntan a nuestras carencias intelectuales y/o filosóficas.
Venimos de ahí. De ese altar de género al que nos subieron y del que las pibas vinieron a bajarnos a piedrazos, desafiando al mundo con las tetas al viento y los aerosoles implacables.
Por primera vez me parece digno agachar la cabeza, escucharlas para aprender, repensarlo todo y acompañar en silencio la lucha por la igualdad y la justicia.
Al fin y al cabo eso tratamos de enseñarles siempre, a ir para adelante sin medir el tamaño de lo que hay enfrente.
Las hijas nos están pariendo... No había otra forma.
Pablo Isi



