El tiempo le había enseñado a persistir en sus obstinaciones que algunos confundían con voluntad. Se sabía fuerte. Le gustaba escuchar desde niño, leyendas de bestias indomables, de indios alzados y heroínas que destronaban a tiranos y déspotas.
Adoraba andar los caminos más sinuosos, los que nunca se saben hacia donde conducen. Los recorría sin prisa entrando en los rincones más oscuros y saliendo de ellos con precisión geométrica. Había recorrido los ríos huyendo de sus orillas, y soñado desde siempre con conquistar la paz de las montañas más altas, las que atraviesan nubes con sus hielos eternos y guardan los secretos del mundo en cada pliegue de sus rocas.
Conoció desde temprano más infiernos que cielos y pintó de colores el cuero curtido que asustaba a las víboras, contra el que se inmolaban los insectos.
Nunca lo deslumbraron los brillos. Escapaba del relumbrar de los metales y pateaba con desdén las pepitas de oro sobre las que otros se zambullían. Siempre eligió buscar de otra manera, imponiéndose al paisaje, construyendo sus propios horizontes hacia los que avanzaba con calma pueblerina.
Durante muchos años pensó que alguna vez, bajo los cielos que conocía de memoria pero que nunca eran el mismo, encontraría lo que buscaba.
Solía detenerse en detalles ignorados buscando secretos o claves mágicas que abrieran las puertas de vaya a saber qué. Observaba los saltos de las langostas con la admiración que siempre le negó a los pavos reales o a la falsa belleza de las mariposas. Alucinó la vez en que pudo apreciar con sus propios ojos el vuelo majestuoso del cóndor, la imponente maravilla que siempre había sido para él la expresión más genuina y pura de la libertad.
Le dolía no haber nacido con esas alas, carencia a la que nunca logró resignarse y a la que intentó doblegar de todas las maneras posibles. Intentaba imitar ese vuelo bestialmente calmo que reinaba sobre el mundo, solitario y feroz.
Devoraba los caminos de a siete leguas, sobrevolando valles y desiertos casi con desesperanza.
El tiempo parecía haber vencido aquella desmedida ilusión de encontrar la semilla jamás vista, la que dentro de sí albergaba los inmensos tesoros de la vida y otorgaba la magia de la inmortalidad.
El tiempo, siempre el tiempo, ese tirano cruel que va agrietando los huesos y taladrando esperanzas como las olas del océano, tallando paciente e incansablemente el rostro de los Dioses sobre las rocas.
Nunca supo cómo llegó hasta ahí, que sucesión de circunstancias ajenas y decisiones inexplicables lo llevaron a esas arenas, en las que casi sin quererlo acertó a contemplar aquel grano de café que le cambiaría la vida para siempre.
Desde el primer momento que tropezó con ese hallazgo maravillosamente inesperado, supo que lo amaría como nunca había amado a nada ni a nadie y sin pensarlo ni un instante se prometió cuidarlo por el resto de sus días, sin decírselo a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Lo abrumaba la fragilidad de aquel paisaje, de ese minúsculo grito de vida en medio de aquel desierto calcinante, destructor de los cuerpos con su fuego de averno sobre el cual no podría alma alguna reposar nunca jamás.
Intentó descubrir nuevas formas de abrazos, nuevos gritos de guerra que alejaran los vientos y las sombras. Se dejó enamorar con la feliz resignación del que sabe que nada podrá encontrar más allá de eso, que ha llegado a la cima de cualquier existencia posible, a ese punto tras el que no hay más nada y todo alrededor es cuesta abajo.
Se asustó un poco al principio. Sólo un poco. Hasta que pudo aprender a recorrerlo desde el lugar exacto, en que la luz emerge con alas infinitas, como el invicto vuelo azul de un cóndor.
Pablo Isi

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