jueves, 11 de junio de 2020

Gardelito de Gerli

Cuando murió por primera vez ya llevaba varios años de andar yirando por estos lados. En un barrio de grandes celebridades, por trayectoria y prestigio bien ganado, Gardelito le peleaba el podio a cualquiera.

No era un improvisado y mucho menos uno de esos que vienen de la nada, de un día para otro, a querer pisar fuerte con el cartel sin poder mostrar la marca del barrio en los zapatos. Tampoco estaba claro de quién era, porque más de una esquina lo reclamaba como propio aunque ninguna podía demostrarlo fehacientemente, y eso daba lugar a polémicas que no pocas veces terminaban en batallas campales y disturbios generalizados.

Los de Sarmiento y De la Serna aseguraban que allí nació su fama. Contaban historias difíciles de verificar que venían desde el fondo de los tiempos y llegaron incluso a presentarlo en los Carnavales de Villa Ideal la noche que cantó junto a Jorge Falcón con la orquesta de Héctor Varela.

En Villa Argentina reconocían que el dato era verídico, pero aunque no había fotos que pudieran certificarlo, esgrimían que varios años antes se subió al escenario cuando Yuyu Da Silva cantó La Mamadera el día que metieron Mil Quinientas personas en el salón de Salta y Carabelas.

Como todo artista popular que se precie de tal, Gardelito no desmentía ni confirmaba nada. Parco, distante, con aceitado equilibrio y una precisión única para medir el ánimo de su público, apenas si respondía las decenas de preguntas que le caían como lluvia cada vez que se detenía para responder uno de los cientos de saludos que recibía al atravesar las veredas a paso inconfundible que fue haciéndose más lento con el pasar de los años.

La noticia de su muerte corrió por los barrios como saeta.
La transmisión oral de las noticias en los barrios fue precursora de la inmediatez que actualmente disfrutamos a través de las redes sociales. Hasta hoy podemos escuchar a algunos de aquellos pioneros aventurar distintas explicaciones sobre la cuestión, todas dignas de atención y merecedoras de un análisis más profundo.

La Chela, por ejemplo, sostenía que las vías del tranvía tenían una relación directa con la velocidad y la dirección de la difusión. Por eso las noticias circulaban primero por Salta o por de La Serna, de acuerdo al lugar donde se originaban, y cumplían el recorrido haciendo la curva en la intersección de ambas, para recién ahí trasladarse a las calles periféricas como una especie de efecto piedra en el charco.

Por eso aquella primera muerte de Gardelito fue sembrando de tristeza y estupor el espinel comercial que enmarcaba la doble vía de acero que brillaba sobre los adoquines.

Durante algunos días hubo un luto no declarado pero definitivamente conmovedor. Ni música en los negocios, ni pelota en la siesta, y una emotiva reducción del volumen de las conversaciones que se tenían a la nochecita cuando se sacaban las sillas y el mate a la vereda.

El tiempo fue haciendo su trabajo reparador, y poco a poco Gardelito empezó a convertirse en leyenda, hasta que una tarde, con las primeras sombras, su voz arrabalera se impuso sobre el ruido de las persianas que bajaban puntualmente a las ocho de la noche. Vecinos a la calle, miradas hacia la esquina, y él apareciendo, de impecable traje azul a rayitas celestes y pañuelo al tono en cuello y bolsillo, soltando la ovación que estalló luego que el shock colectivo diera paso a la emoción y el alivio.

Esa tarde hubo más tangos que los habituales, y hasta apretones de manos con los chicos de la cuadra y otros muchos que vinieron a confirmar la buena nueva.

Gardelito generaba emociones distintas en las diferentes franjas etarias que congregaba su presencia. La alegría y admiración de los pibes ayudaba a que los grandes y los más grandes, acomodaran sus sensaciones que con el tiempo fueron atravesando el largo camino que conduce del desprecio a la compasión y de ésta al cariño incondicional.

En tiempos en que toda mención pública al General era casi una condena, Gardelito cerraba su paso por la cuadra cantando con fervor y ojos vidriosos, la mejor versión de la Marcha Peronista que pudiera escucharse jamás, ante el delirio de los chicos y la complicidad de muchos no tan chicos que envidiaban esa libertad sin límites que da la locura. Había, claro, alguno que otro, que daba por terminada la función y la sonrisa apenas escuchaban “Los muchachoooos peroniiiistas…”, pero eran los menos, y no interferían en el estado de emoción colectiva que se desparramaba por baldosas y adoquines.

Olía a perfume y vino tinto, y aunque con el pasar de los años fue sumando olores y canas, siempre fue sinónimo de alegría popular verlo llegar caminando desde el fondo de Salta. Gardelito, como los astros más reconocidos, aparecía por el Este, y en lento transitar iba desdibujándose hasta esfumarse pasando Cangallo en un poniente que quién sabe dónde terminaba.

Vinieron luego varias otras muertes, a tiros en un bar de Sarandí, atropellado por el 295 en la cancha del Rojo como Gatica, prendido fuego en una fogata de borrachos detrás del barrio Agüero, y nuevamente destrozado por el tren del Provincial, o el Roca vía Quilmes, o entre Gerli y Lanús. Pero siempre, después de cada muerte, regresaba sonriendo y alzando los brazos como si cada esquina fueran los balcones de la Rosada.

Trovador de Gerli, muñeco de la calle en los años donde el mate era ceremonia colectiva en la vereda, Gardelito se fue sin llegar a morirse, porque nunca su muerte volvió a ser una noticia creíble, y aunque sumara testigos y testimonios casi bajo juramento, su historia de resurrecciones era un pasaporte indestructible hacia la inmortalidad que sólo alcanzan las leyendas.
Gardelito de Gerli, amo y señor del tango, ídolo de los niños, hermano de Lepera, soldado de Perón.

Pablo Isi

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