Decir, intentar, buscar, rascarse la cabeza con la punta de los dedos mientras los horizontes se suceden.
jueves, 23 de abril de 2020
Las Hijas que nos parieron
Las tías siempre contaban que Beba, la partera, salió eufórica de la sala de partos a contarles que era un macho con unas pelotas así de grandes.
Escuché esa historia decenas de veces.
Las pelotas grandes del macho, único varón que tomaba la posta de un apellido en una legión familiar de ocho hermanos y hermanas que tenían el mapa del Líbano pintado en las caras.
No recuerdo bien desde cuando fui aprendiendo que los hombres no lloran, que lloran las mujeres y los putos, que había juegos que eran de nenas y que portarse como un hombre era no tener miedos, ni dolores, ni cansancios, ni nada.
Parecerse a una mujercita era mostrarse débil, sensible, demasiado amable o esbozar ternuras que eran ajenas a la condición natural.
Así fue siempre. Con mayores o menores intensidades, la casa, la escuela y la calle coincidían en una formación que no admitía discusiones, no sólo por las disimuladas defensas represivas, sino porque todo era tan lógico y natural que ni siquiera dudas generaba.
Cuando nos enteramos de nuestro primer embarazo, la vida empezó a girar en torno a Camilo Ernesto. El primero, el que venía a agarrar la antorcha. Sueños de cancha y pelota, de andar juntos por todos los caminos hablándonos en nuestro idioma. Los besos a la panza eran a Camilo, los intentos de poemas y prosa eran para Él, el que venía a bendecir una vida nueva, a mostrarnos de qué se trataba esto de ser tres.
En ese 1995, por primera vez, Ella vino a poner las cosas en claro. La flaca Paula nos decía que la pantalla del ecógrafo mostraba que era una nena, yo que no podía ser. Que qué carajo sabía ella. El, no podemos asegurarlo del Médico mantuvo las chances intactas hasta que el VAR de los embarazos sentenció que no venía Camilo Ernesto, sino Anaclara.
Ya con esa pateada de tablero cuatro meses antes de nacer, debí imaginarme lo que se venía... pero no. No tomé en ese entonces demasiada conciencia, que desde la pantalla del ecógrafo ya estaba gritando que "Machito las pelotas" con la misma firmeza que hoy grita, gritamos ya, juntos, que el Patriarcado se va a caer.
El texto no pretende ser Alegato de Defensa para la absolución de este macho en deconstrucción, ni planteo de inimputabilidad, pero es bueno recordar de qué estamos hechos cuando los impiadosos dedos índices apuntan a nuestras carencias intelectuales y/o filosóficas.
Venimos de ahí. De ese altar de género al que nos subieron y del que las pibas vinieron a bajarnos a piedrazos, desafiando al mundo con las tetas al viento y los aerosoles implacables.
Por primera vez me parece digno agachar la cabeza, escucharlas para aprender, repensarlo todo y acompañar en silencio la lucha por la igualdad y la justicia.
Al fin y al cabo eso tratamos de enseñarles siempre, a ir para adelante sin medir el tamaño de lo que hay enfrente.
Las hijas nos están pariendo... No había otra forma.
Pablo Isi
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario