Se deja bajar de la escalera casi en andas. Apenas se oye su balbuceo entre el ronquido agudo que hace el aire que busca huecos en los recorridos gastados de un cuerpo que resiste como puede.
La levantan sus hijos como si fuera un papel.
Se acomoda quejosa en el asiento trasero mientras espera resignada a que una pierna y luego otra se guarden cuidadosamente para poder cerrar la puerta.
La piel como escamas, los tobillos hinchados, los huesos que deben doler tanto que casi ya ni duelen.
Hay una especie de rendición no declarada, de resistencia más allá del deseo, sólo por gratitud al esfuerzo del amor de esos dos grandotes que la llevan en brazos, devolviendo los gestos extremos del cuidado que alguna vez fue exactamente inverso.
Mientras los hijos dan la vuelta, la mirada de la señora pide disculpas con verguenza.
La cabeza asiente con firmeza ante cada "Estás bien?", y en cada expiración parece que se va un poco de ese último resto de estoica dignidad.
La paradoja de la vida expuesta en carne viva.
Ojos agradeciendo la devolución de décadas de amor, pidiéndole disculpas al espectador casual, invitado de ocasión, que se muerde los labios para no derrumbarse ante tan dolorosa maravilla.
Abrazados viajan, tocándose las manos para alejar el miedo.
Pablo Isi
#DiarioDeCalle
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