miércoles, 22 de abril de 2020

El Pachu

Dice Pachu, mi hermano, que esta vez ya no, que hasta acá llegó y que si aguantó tanto es por los pibes y la Flaca, que es un Dios, y se merece otra cosa.
Y que el "ya no" es un destino que sabe que no puede cambiar y que le deja eso a las ruedas del Roca, que le da un poco de impresión, pero que es un instante nomás de coraje.
Le digo que se deje de hinchar las pelotas, que no sea cagón y le ponga la cara a la vida como lo hizo siempre, como lo hizo el viejo que se aguantaba todos los soles y las lunas recorriendo el barrio buscando oro en forma de cartón, plomo y cobre.
Dice Pachu, mi hermano, que yo ni sé de lo que hablo, que nunca sentí que la panza era un hueco de tristeza que en las noches se hacía agua que brotaba por los ojos y las manos.
Que es un cagón le digo, un terrible cagón que no merece que los pibes lo adoren y la Flaca le perdone todo, y que ni siquiera es digno de la admiración que los pibes del barrio le tienen a ese orgullo que se le plantaba a la cana a pecho abierto para frenar la patoteada en la esquina o la turreada en los calabozos de la cuarta.
Una vez sí, dos veces no me vas a decir cagón, la concha de tu madre, me dice Pachu, mi hermano. Quiere pararse para ponerme en caja, pero las piernitas se le enrollan y vuelve al barro de la vereda con la dignidad despedazada.

Yo no sé si será Dios, los Dioses o la vida, pero esa jactancia absurda de que las palabras pueden acomodar dolores, se despatarran a veces cuando toda esa ternura apretujada en un cuerpo lleno de cicatrices de batallas memorables, se desbarranca como lodo, yaciente de angustia, levantando banderas blancas como un SOS inesperado y terminal.

Me tiro a su lado intentando el abrazo como cuchillada artera, inesperada, traicionero golpe bajo que es último recurso.
Lloramos. Lloramos un rato largo tendidos sobre el suelo que tantas veces nos abrigó los amanaceres.

Dale Negro, ya está, ya pasó. Dejame levantar que la Flaca debe estar buscándome. Ayudame Pachu la concha de tu hermana que sino me quedó tirado acá hasta el otro año nuevo.

Se ríe el Pachu, mi hermano, y el llanto se hace un bollo para volver a ese lugar donde quedan para siempre los llantos compartidos. La risa siempre es un respiro, una pequeña victoria gigante que le asestamos a una humanidad que ha perdido el rumbo, que hace agua, que le suelta la mano a los Pachus que vienen esquivando misiles desde que nacen, hasta que se cansan de tantas batallas desiguales, y quieren dejar el futuro en las vías del Roca.

Amanece... que no es poco...

Pablo Isi

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