Algunas veces elegíamos salir a caminar a la hora de la siesta. Siempre llevábamos un palo en la mano. No sé bien la razón, pero era parte del equipamiento.
No era un arma. Quizás una especie de bastón mágico con el que íbamos marcando el territorio, y de alguna forma misteriosa, confiando en una especie de protección que nos brindaba.
Lo primero era el palo. Por lo general un trozo de rama seca. Nadie salía a caminar por Gerli sin eso.
Nunca había planes, ni destinos, era sólo salir a caminar, pero si algo alteraba los trayectos, detenía las marchas y ponía al grupo en estado de alerta roja, eran los árboles de nísperos.
Ver un árbol de nísperos detrás de una tapia nos llenaba de emoción. Casi automáticamente nos desplegábamos como patrulla, asumiendo cada uno su lugar, en una estrategia que surgía de manera espontánea, distinta cada vez, como guiados por un cerebro común paranormal que organizaba de inmediato el plan de ataque.
Tampoco supe nunca las razones por las cuales todo árbol de nísperos tenía severos custodios que desafiaban, no sólo nuestras capacidades operativas, sino que ponían a prueba hasta donde éramos capaces de superar nuestros miedos y entregarnos heroicamente a la batalla que la vida nos ponía por delante.
Podían ser perros, cercas que en nuestro imaginario podían estar electrificadas o convertirse en trampas mortales, pero lo peor de todo, y fácilmente verificable, era que detrás de todo árbol de níspero que se ofrecía casi regalado en los jardines de las casas, había una "vieja" espiando por la ventana, que tanto podía salir con una escoba, como con una escopeta de dos caños recortados, para volarnos la cabeza sin titubear.
Lo ideal era un grupo de tres, como mínimo. Uno de campana algo más alejado, otro como apoyo, y el héroe que iba detrás del objetivo, a todo o nada, a vencer o morir.
Si el grupo más numeroso se corrían algunos riesgos. La superioridad numérica, que a simple vista podría parecer favorable, generaba una confianza excesiva, que a veces podía convertirse en canchereada, por ejemplo gritando con voz impostada, "señoraaaa, le están afanando nísperos", lo que convertía la operación en un caos de gritos, corridas, carcajadas, que si bien hacían más divertida la aventura, no siempre garantizaba el éxito.
Con el tiempo, los objetivos se iban clasificando en una suerte de escalas de riesgo. No para reducirlos, sino todo lo contrario. Las "viejas" más peligrosas eran un desafío mucho más atractivo a la hora de elegir, y la indignación que nos movilizaba solía agregar osadías que podían consistir en dejar nuestra marca con aerosol en las paredes, llevarnos los jazmines o simplemente mear sobre el rosal.
Éramos felices. Nunca comimos nísperos que no fueran robados. No jugábamos con el honor. De traicionarse, no se vuelve.
Pablo Isi
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