Apenas el rojo pasa al amarillo, salta de la vereda como langosta, y así saltando busca los huecos entre las filas de autos, levantando el limpiavidrios con gracia de Circo.
Mira hacia el interior intentando adivinar los gestos tras los polarizados, mostrando siempre la sonrisa que le hace brillar los dientes que le quedan.
Lleva puesta la 10 de Messi y bailotea sin parar entre los NO casi automáticos. Cuando ve una duda al volante se entusiasma y redobla la apuesta acentuando el saltito y agachándose un poco para confirmar la invitación.
Cuando la simpatía gana, el chorro de agua y dudosa espuma se estrella contra el parabrisas y agita los brazos tatuados a piedra con frenético afán de que la limpieza sea perfecta.
Al pasar a recibir la paga se detiene en el retrovisor como frutilla del postre.
Nunca deja que la sonrisa se apague. Nunca. Ni aún cuando la cosecha sea nula y el rojo regrese impiadoso a dar por terminado el tiempo..
Del otro lado del vidrio, hay quien mira para otro lado, quien sube las ventanillas con velocidad digna de mejores causas o quien suelta sin pudores la ira acumulada vaya uno a saber por cuales causas.
El Messi de Uriarte y Pavón mantiene intacta la dignidad de la sonrisa a prueba de todo y la convierte casi en abrazo cuando el contrato espontáneo se vuelve complicidad.
Cuando puedo escapar al embrujo de esa marioneta inigualable que vuelve mágica la escena, busco las caras contraídas y molestas detrás de los vidrios que dejan adivinar comodidades que el Messi de Uriarte quizás no imagina.
Me pregunto si se animarán alguna vez a bajar las ventanillas, no para canjear monedas por vidrios limpios, sino para que el Messi de Uriarte les cuente el secreto para andar sonriendo por la vida, y poder cambiar alguna vez esa profunda cara de orto que no pueden mejorar desde sus butacas de cuero, su aire acondicionado y su música de ocho parlantes.
Pablo Isi
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