miércoles, 22 de abril de 2020

Andando y sereno

Alguien, alguna vez, sabrá cuánto te he amado, dijo.
Sus ojos anunciaban un ocaso irremediable y cada paso era el preámbulo del desmayo, que ambos sabían, nunca iba a llegar.
Los hombros, siempre tan altivos, habían cedido al peso del tiempo, de a uno por vez, y ahora dejaban ver en perspectiva, una derrota no tan digna como hubiera esperado.
Debajo de la camisa blanca a cuadros, los huesos sostenían un cuerpo diezmado por la pena que parecía derrumbarse gota a gota bajo el sol calcinante que apretaba la tierra contra el suelo,
Atràs quedaban, tapados por las ramas y algunas piedras, los sueños que supieron ser razón de más de una vida, y horizonte de amaneceres eternos con astros a medida que giraban en mundos incompletos y vírgenes.

La muerte deja ese tipo de imágenes, mezcla de finales de películas del Lejano Oeste y piruetas de Chaplín que llevan del llanto a la risa y viceversa.

En esa delgada frontera que separa los abismos de la vida y de la muerte, se camina a tientas, sin mirar a los lados, con la frente caliente en mascarón de proa, y el hueco helado que deja la ausencia en el pecho agrietado.

No somos lo que éramos después de cada llanto, ni somos lo que seremos antes de cada abrazo. El tiempo juega y nos hace muñequitos al viento, cuidando que nunca dejemos de creer que decidimos, que andamos sabiendo lo que hacemos y que podemos elegir a quién amar.

Quizás la libertad, esa fantasía que permitimos darnos, sea apenas eso, asumirnos muñequitos al viento, sin otra prretensión que cargar dignamente los dolores que arrastramos.

Pablo ISi

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