Miro la cara de Danilo que acaba de publicar mi amigo Lucho Guevara. De este Danilo que con sus 13 años fue a parar debajo de un camión tras una persecusión a tiros de la Policía Bonaerense.
Danilo se parece a mi hijo Camilo.
Se parece a todos los hijos nuestros.
Se parece a esos pibes que eramos todos a los 13 años, cuando la vida se iba abriendo como una flor ante nuestros ojos, cuando el corazón empezaba a latir distinto al ver pasar a la amiguita que nos gustaba.
Miro la foto de Danilo y me pongo a llorar.
Danilo no murió en un accidente de tránsito. Iba con otros chicos y chicas de su edad en un auto que manejaba otro pibe un poco más grande.
Dicen que no pararon en un control de tránsito. Los persiguieron a balazos porque decidieron que merecían morir.
No tiraron al aire. Uno de los chicos tenía un plomo en uno de sus glúteos. Podría haber estado en la columna, en la nuca, en la cabeza.
Siete policías persiguiendo a balazos a un auto en el que viajaban 4 chicos de 13 años.
Las ganas de matar pudieron más que cualquier otra cosa. Porque un auto que no para en un control puede deberse a un montón de razones, y ninguna de ellas es motivo de pena de muerte.
Murieron porque a siete policías les pareció lógico correrlos a tiros. Esa lógica, seguramente, no nació con ellos.
Es consecuencia de un sentido común que dice que a los chorros hay que matarlos a todos, que los chorros son pibes, y que los pibes chorros son pobres.
Corrieron a balazos a un Fiat 147. No hubieran disparado contra un BMW, ni contra un Audi, porque en esos autos va la gente importante, los buenos, los honestos, y los chorros que hay que matar son los que van en un 147.
Cuando Macri recibe a un policía que mató a un supuesto delincuente desarmado y por la espalda y cuando Bullrich dice que el quiera ir armado vaya armado, les está diciendo, mátenlos a todos.
Eso hicieron. Los mataron a todos.
El problema está en nosotros.
En los que buscan la manera de justificar que siete policías corran a tiros un 147 en el que viajan cuatro pibes de 13 años y maneja uno de 22.
Mirá la cara de Danilo. Llorá si querés, como lloro ahora yo, viendo en él la cara de mi hijo, la de todos nuestros hijos.
Pero cuando te seques las lágrimas, acordate que hay familias que no podrán secárselas jamás.
Esta es la policía del país que quieren ellos, los que ahora arman la producción fotográfica de los policías separados de sus cargos, sin esposas, sin capucha, sólo para mostrarle a la gilada.
Merecemos otra sociedad.
La merecemos?
Eso es lo que está en juego acá.
Danilo no volverá a reir, ni a cantar, ni a jugar. Su familia tampoco, ni la de los amiguitos que iban con él en el 147.
Justificar, relativizar, mirar para otro lado, es decir siga, siga, que aquí no ha pasado nada. Fue apenas un error.
Pablo Isi

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