Mi vieja fue un grito.
No un grito cualquiera, un grito de esos que hacen temblar las paredes del odio, que salen desde los dolores más profundos abrazando a la vida con la furia de un toro.
Mi vieja sin madre, sin padre, sin cuna, arrojada al mundo como una semilla herida de muerte. Vacía, desnuda, abiertos los huesos a todos los fríos.
Eligió el camino de plantarse a todo, de ponerle el pecho a todas las balas y hacer del amor un grito de guerra.
Mi vieja riéndose de todos los órdenes, pateando los tachos y bailando en medio de cualquier tormenta.
Libre como el cóndor, de vuelo sereno con las garras prestas y los ojos puestos en las yugulares de los miserables.
Negando dolores, guardando tristezas, dejando los llantos para la otra vida, marcando el camino, amando a dos manos.
Libre como fuego.
Mi vieja mirando con su último aliento, dejando los pactos de la despedida.
No nos rendimos ni negociamos sonrisa alguna.
Ninguna guerra nos es ajena.
No caminamos por el asfalto si hay barro cerca donde meternos.
No nos caemos, no nos callamos, no nos morimos.
Así será.
Pablo Isi
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