Cuando nació Perón yo era muy chico. No había andado todavía por las calles desiertas de este barrio que supo oler a aceite y cuero, ni había descubierto la aventura incomparable de saltar los muros de las casas para llenar los bolsillos de nísperos a la hora de la siesta.
Te digo más, no quiero exagerar ni desconfiar de mi memoria, pero pensándolo bien, yo no sabía que nació Perón.
Empecé a sospechar algo un tiempo más tarde, cuando algunos de los que yo más quería lo nombraban como un murmullo, como un secreto a media voz, como un conjuro que anunciaba mejores días quién sabe cuándo.
El día que nació Perón yo no sabía que existían las paredes ni los Riachuelos, ni las Plazas. Había algo en el aire que de alguna extraña manera nos iba contando que todo eso existía, pero no alcanzábamos a entender de qué se trataba.
Uno ve una pared y cree que es eso. Lo mismo pasa con el resto de las cosas, hasta que la vida nos va contando lo que son. Ni las paredes, ni los Riachuelos, ni las Plazas existían cuando nació Perón.
Ya existían los presidentes y los coroneles, y quizás, no estoy seguro de eso, los caballos pintos. Yo creo que no, que tampoco los caballos pintos existían cuando nació Perón.
Perón era un rumor, una especie de esperanza que en algún lado estaba guardada, como escondida, como hacíamos con los dientes que se caían y guardábamos como un tesoro debajo de la almohada envueltos en un pañuelo o un papel escrito con pinturitas de colores.
Yo había escuchado por ahí que a Perón lo había traído un avión negro que volaba de noche. Ya eso lo ponía en un lugar distinto porque a las personas las traían las cigueñas, pero a Perón no, cuando nació Perón lo habían traído en un avión negro, parece.
Perón fue siendo muchas cosas, pero lo que más me deslumbraba era que Perón era lo que cada uno quería que fuera. Algo habrá tenido que ver en eso que haya llegado en un avión negro y no colgado de una cigueña.
Después, no sé bien desde cuando, empecé a descubrir que nació Perón. Para mi que antes que nadie fueron las paredes que me fueron contando, antes incluso que el Tío Elías que sabía desde siempre que había nacido Perón.
Lo raro, que ni siquiera ahora puedo entender del todo, es que Perón siguió naciendo todo el tiempo. Lo matan, lo silencian, lo condenan, lo entierran, lo oscurecen, y el tipo va y sigue naciendo, como si nada, una y otra vez sigue naciendo.
Te digo más... ahora que ya tengo unos años y sigo aprendiendo lo que son las paredes, los Riachuelos y las Plazas, no creo demasiado eso del avión negro. Mirá si van a traerlo en avión negro... Quién puede creer eso?
Para mi cuando nació Perón, vino en caballo pinto. Y ahí debe estar el secreto para que todo el tiempo Perón siga naciendo.
Pablo Isi
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