Hoy andaba escribiendo sobre algunos recuerdos...
Uno termina entendiendo que las cosas que hacemos con ellos son maneras que encontramos de sanar heridas que aunque no nos demos cuenta permanecen ahí, a veces en carne viva, a veces como cicatrices...
Recordaba un llanto puntual de mi vieja que me marcó para toda la vida y me di cuenta que a partir de ese llanto, cuando yo era muy chico, ya no lloro por dolores o tristezas, ni siquiera por las más profundas e irreparables.
Sin embargo, el amor me hace llorar.
Cuando lloré a Néstor, me doy cuenta ahora, lloraba de amor. No lloraba al muerto, que ya la muerte no logra eso conmigo, lloraba el futuro que aparecía ante nuestros ojos con fuerza de tornado en los miles de laburantes y de pibes que más que a despedirlo, iban a decirle acá estamos, nosotros seguimos con esto, nosotros con Cristina vamos a hacer lo que falta.
Los domingos son medio nostálgicos, no es necesario que me lo digan. Entonces vos estás un domingo, como si nada, mateando un rato y ordenando algunas cosas y la vida te trae al Diego entrando a su nueva casa.
El Diego siempre emociona, claro, desde que era cebollita emociona, pero ahora en estos tiempos en que la tristeza que nos impusieron estos chetos saqueadores seriales se bate en retirada, y el Pueblo avanza a recuperar lo que le han quitado, y avanza a puño cerrado y a ritmo de cumbia, el Diego emociona más todavía, porque además de ser el más grande, el más mágico malabarista de alegrías populares, el Diego, digan lo que quieran decir los analizadores de vidas ajenas, siempre estuvo donde había que estar: al lado de Chávez y de Fidel, de Néstor y de Cristina, de Hebe y Estela.
Si si, ya sé, todo lo que vos quieras, pero sobran ejemplos de ídolos de lata, y si el Diego es lo que es para el Pueblo argentino es porque es así como es el Diego.
Entonces, decía, vos estás así el domingo, hasta que el Diego te hace dejar todo para verlo y oírlo, y de repente cuando contesta las mismas preguntas de siempre y una voz dice que ya no más preguntas, escuchás un "Disculpen, soy la hermana de Cristina", y al Diego le cambia la cara, y a mi me empieza a latir distinto el corazón, porque es el Diego y porque Cristina, y el club de la madre muerta, y de Hebe y la familia que le falta, y entonces entendés que todo está ahí, la historia, la Patria, el fútbol, el Diego, la vida, nosotros...
Todo ahí en ese abrazo de Giselle de la que tanto hablaron los diagnosticadores a distancia y los destiladores de mierda...
Todo está ahí!!!
Y entonces las lágrimas... el Amor está ahí, todo junto... el que nos hace llorar, por suerte bastante seguido, el que siempre andamos necesitando para no bajar los brazos y seguir gambeteando miserias como si fueran ingleses en el Azteca...
La Magia del Diez, Ella... y la Magia del Amor.
Pablo Isi
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