miércoles, 22 de abril de 2020

La vida eterna

El problema de discutir con Adela era que no se enojaba nunca, entonces, uno ya arrancaba casi derrotado.

Cuál es la gracia de discutir con alguien que no se enoja?
Uno puede defender apasionadamente lo que piensa, aún desde la más absoluta de las calmas, pero lo que inclina la balanza es quién se enoja más.
Vos ves que el otro se pone rojo, se le hinchan las venas del cuello, transpira, grita desencajado y los ojos se le salen para afuera, entonces ya lo que digas o defiendas no es tan importante, lo que vale es que cada argumento sea más extremo, más disparatado, para que la reacción sea aún más patética.

Pero con Adela no había caso.
Cuando las clases de catequesis en los últimos años de primaria en el Don Bosco, empezaron a formarme como ateo, las discusiones en la mesa familiar eran un ejercicio interesante y multifacético.

El viejo era mi preferido porque a la primer provocación, y esa siempre fue una especialidad innata, saltaba enloquecido con frases como "Mejor criar chanchos", y ya quedaba regalado para las réplicas más pesadas que hacían estallar a carcajadas a la Doly. Pero Adela era otra cosa...

Y bueeeno Pochito, si a vos te parece... y esa sonrisa que invitaba al abrazo inmediato y dejaba en ridículo cualquier artillería.

Poquitos años después la carga era más argumentada. Lisandro de la Torre, Bakunin, Marx y Engels, pero para la Tía eso no variaba nada. Lo importante es vivir como un cristiano, no importan los motivos, decía... Y vos, tan filosófico, tan científico, te quedabas sin palabras, sin autores, sin materialismo, sin sentido común para burlarte del Viejo Testamento que ella ni siquiera se gastaba en defender.

Adela era la mano tendida permanente, la palabra justa, la sonrisa cómplice, y contra eso no se podía pelear.

En los últimos años, la Tía estaba eligiendo cuando morirse. Yo ya había aprendido que con Ella discutir era aburrido y tenderme al lado de esa cama luminosa para hablar durante largos ratos era una terapia poderosa y mágicamente sanadora.

Podìamos hablar de la muerte como si habláramos del precio del pan. Sabíamos que esas charlas eran una despedida lenta y maravillosa, pero nunca fueron necesarios filtros para medir las palabras. Todo era natural, llano y deliciosamente calmo.

Ella seguía obstinada en defender a ese Dios que la esperaba no sé donde, y ya a esa altura, yo ni ganas tenía de decirle que se dejara de joder, que allá no había nada y que lo importante era el amor que había sembrado en tanta gente, y que ahí iba a quedar y sólo ahí.

Si vos tenés razón, tu Dios va a dejar que vengas a visitarme cada tanto, le decía... Y claro que voy a venir Pablito, vas a ver.

Cuando Adela se murió, murió la madre que me quedaba de las dos que la vida me regaló, y durante un tiempo seguí yendo a abrazar el lugar vacío de la cama. Nunca sentí tristeza, nunca he llorado su ausencia, pero quedarme un rato ahí mirando el techo me llenaba de paz. La Tía era Paz, como todas las personas azules.

Una madrugada, algún tiempo después, yo andaba con ganas de morirme. Nunca tuve ganas de morirme, pero esa noche si. A veces sin darnos cuenta acumulamos dolores que se ubican en lugares molestos, y hasta que algo no los acomode pueden jodernos la vida.

Esa vez volví a discutir con Ella. Fue una discusión feroz, la peor de todas. Adela la concha de tu madre, ves que yo tenía razón, dónde mierda está tu vida eterna y todas esas pelotudeces con las que me mentiste toda la vida...
Vivir como cristianos las pelotas, te moriste, te moriste y te importó un carajo morirte.

Yo estaba enojado y con razón! Cómo carajo puede alguien cagarse en nosotros, en los que quedamos vivos y morirse así, como si nada...

Adela, como siempre, no contestaba a mis provocaciones, así que decidí irme así enojado como estaba, furioso con esa hija de puta que se había muerto sonriendo como si la muerte fuera joda. Entré al baño para que el agua fría regresara los ojos a sus órbitas y al salir lo vi sobre la cama. Puedo jurar que no estaba ahí. Durante semanas lo estuve buscando por todos los rincones de la casa y puedo jurar que no estaba ahí.
Yo jugaba con él cuando caminábamos juntos, y era mi compañero cuando me recostaba al lado de Ella para llenarme de paz.

Lo levanté de la cama y no tuve otra opción que volver a reconocer mi derrota. Otra vez! Ni muerta vas a dejarme ganar una?

Desde esa noche lo tengo acá, siempre conmigo, porque sigo discutiendo cada vez que sale el tema, pero a mi que no me vengan con abstracciones, yo pruebo cada una de las cosas que sostengo, así que si alguien viene a decirme que con la muerte se termina todo yo se lo muestro, hago que lo toque y le pido que lo pruebe. No hay pena, ni tristeza que no se rinda cuando abrazás un ratito el bastón de la Tía Adela.

Pablo Isi

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