Por la ancha Avenida del Medio, desfilan orondos los sin rumbo.
Los sin clase. Los que huyen de un barro que les produce alergia, y aborrecen un linaje que no les alcanza para sentirse plenos entre los dueños de las vaquitas.
Por la ancha Avenida, hecha para ellos, alfombrada al tono de sus trajes grises, marchan felices mostrando las blancas dentaduras, una mano en el bolsillo del saco, la otra saludando a la nada, porque no hay Pueblo allí, ni nada que se le parezca.
Ahí van, con sus narices apuntando al cielo, sacudiéndose la pelusa mientras dan vueltas en círculo anunciando que avanzan.
Por la ancha avenida del medio, peinaditos como para un casamiento, tan amables, hablando en voz bajita, modocitos, se sientan y cruzan las piernas como si siempre estuvieran en los estudios de TN contestando los halagos de los Leuco.
No importa lo que sean, ellos caminan con porte de senadores o diputados, uno los ve y les sale decirle Doctor, aunque sea por las dudas, nomás, y ellos asienten así, con un golpe de mentón, como diciendo Ajá, desde esa altura a la que se suben, los de la Ancha Avenida del Medio.
Se hacen los que no escuchan cuando alguno les grita Traidores, vendepatrias, y esas cosas. Van caminando en pose, como si la vida fuera una rueda de prensa permanente, y ante cualquier pregunta, insisten con que todo es el pasado. Todo menos ellos.
Pero cuando las papas queman... Cuando no dan la talla para seguir sirviendo a los patrones, entran en pánico.
Si ante el naufragio inminente se ordena ir a los botes, pasan del murmullo al grito enardecido, se arremangan las camisas, dejan a un lado las corbatas y salen corriendo como ratas enardecidas, a las bravías callejuelas Peronistas, buscando refugio como hurones en celo.
Y acá estamos. mirándolos. Ya no están allá arriba.
Ya en la Ancha Avenida del Medio no va quedando nadie, unos premiados por los garantes de la meritocracia, otros rogando que los dejen entrar, que les dejen la puerta abierta nomás, que ellos se las arreglan para meterse.
La Ancha Avenida del Medio ya no es ancha... Ellos ahora la miran desde el costado, como si nunca la hubieran andado, y la señalan con el índice, casi indignados, poniendo esa cara de boludos que ponen cuando quieren.
Tan lindos son... tan sin verguenzas, que uno no sabe si darles dos palmaditas en la espalda, o dos buenas patadas en el culo.
Pablo Isi
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