miércoles, 22 de abril de 2020

El hijo del flaco

Hoy lo vi al Jhony.
A pesar del metro de altura extra que tiene desde la última vez que nos cruzamos, reconocí el andar de mimo y esa alegría que ostenta desde siempre y parece multiplicarse con cada cachetazo que recibe de la vida.

El Jhony era un bebé cuando abracé al padre por última vez en la puerta de la ambulancia. Ambos sabíamos que era el último abrazo y llevo todavía aquella mirada del Flaco como un tesoro inigualable. El Flaco también hacía de la alegría un arma de guerra. Eso nos unió siempre, desde los primeros pasos que dimos juntos hasta aquel rito final que nos regalamos, cuando los caminos distintos que la suerte planeó para uno y otro, confluyeron en ese mínimo y agónico punto.

El Jhony tiene la sonrisa del Flaco. Va por la vida como si los millones de vidrios rotos sobre los que viene caminando desde que nació fueran pétalos de rosas o alfombra de algodón.

Cuando escuchó el bocinazo giró la cabeza, y el entusiasmo del saludo me sacó a empujones de la burbuja polarizada de aire acondicionado, tirándome en esa esquina en la que tantas veces amanecimos con el Flaco, para darnos ahora en el Jhony un abrazo más.

Jhony dice que este año arrancó enfermería en la Undav,
Lo cuenta a carcajadas, tentado como si confesara alguna de esas locuras con que se ganaba los corazones desde que era una pulga que pateaba.

Trabaja. Ayuda a esa mamá gigante que se puso la familia al hombro como pudo, cargándola sobre la propia cruz que viene sosteniendo con dignidad desde hace tanto.

Cuando la mamá del Jhony faltaba unos días en la casa, él sabía que la estaban cuidando las enfermeras. Alguna vez pudo ir a verla y asegurarse que era como la mamá le contaba. Ya son mi familia, le decía.

El año que viene, probablemente, Jhony sea enfermero.
Nació y creció en un tiempo en que el Estado decidió que las Universidades eran un derecho. Algunos llaman a eso populismo. Acá en mi barrio, le decimos Peronismo.

Lo vi alejarse al Jhony, saltarín como siempre y alto como nunca. El Flaco se cagaría de risa. Porque el Flaco se reía de todo, pero mucho más se reía de orgullo cuando hablaba de los hijos.

Al Jhony le faltaron muchas cosas.
Su felicidad es una victoria de la vida sobre esos destinos que parecen ser condena, y el Flaco tuvo mucho que ver en que el Jhony sepa como plantarse frente a lo que le tocó.

Nunca le dije Te Quiero al Flaco.
No nos decíamos esas cosas hace treinta años.
Te quiero Flaco, la concha de tu madre!

Pablo Isi

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