lunes, 20 de abril de 2020

Destinos

El tiempo había tejido sobre su frente el sello único del camino andado.
Marcados en la espalda, los surcos de la muerte brillaban como árboles resistiéndose a la oscuridad y asomaban luminosas las sonrisas que nunca fueron.

Ostentaba a su manera un grito desesperado para que nunca el abrazo pasara a ser recuerdo, aunque costaba descubrirlo entre las cicatrices que protegían la carne viva, abierta, sangrante manantial de dulzura inmolada.

Escucharla era una travesía apasionante. Su voz de tierra y cigarrillo brotaba a veces de un cielo que a puro coraje se sostenía sobre abismos de llanto contenido. Colgada de un trapecio inalcanzable, parecía volar sobre olas de tormenta que apenas salpicaban los pies de espuma y barro mal curado. 

Cuando se la encontró, en una especie de milagro cósmico, alcanzo a adivinarle intensidades que nunca terminaría de explorar, bajo las varias capas de grises que le blindaban la magia. Le costó creer que los Dioses pudieran reservar el tesoro mayor para esos tiempos en que las pasiones pueden desatar su desmesura como brisa.

Pensó que ese destino merecía sin dudas el gesto inédito de la mano tendida y se animó a guardar, quién sabe hasta cuando, el filo tembloroso de una dentadura de gatillo fácil. Alzando las miradas, avanzaron sin pausa por caminos inciertos, sin temerle a las trampas que suelen acechar el mundo de las almas.

Eligieron andar por donde no había huellas, volando a veces la inmensidad de los océanos, arrastrándose otras por menos ambiciosos horizontes, prometiéndose nada que no sea dejarse llevar por las corrientes. Ella sabiendo que cuenta con los brazos allá abajo que nunca dejarán que llegue al suelo. El animándose a no guardar las alas, a hacer de la ternura un vicio eterno.

 Pablo Isi

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