Al fin y al cabo no es tan complicado.
Nacemos imperfectos, agujereados por todos lados, llenos de parches pegados con saliva de roturas heredadas que cargamos en la sangre.
Somos sobrevivientes de naufragios ajenos y vamos rearmándonos como podemos.
Cuando amagamos a quitarnos de un tirón las vendas, vienen a decirnos que no, que despacio, que no es tiempo.
Decidirnos a dejar la piel al sol es siempre un desafío.
Nos quieren convencer de que las cicatrices, esas que llevaremos siempre, deben estar tapadas, silenciadas, disimuladas con curitas o vestidas,
Nadie nace sano en este desparramo de desventuras que es el mundo.
Crecemos buscando formas de sanar, de asumir cada herida como propia y enarbolarla con dignidad.
De heridas estamos hechos. Así llegamos y así habremos de irnos.
Quizás la esencia sea qué hacemos con ellas. Cómo hacernos cargo de las que traemos y mostrar las nuevas sin complejos, sin verguenzas, con el orgullo del árbol que cuenta su historia en los anillos de su tronco.
Nacemos con la injusticia universal tatuada en nuestros genes. Peleamos por dejar herencias menos densas a los que más amamos, y en ello va nuestra vida, cada ínfima gota de energía puesta en esa batalla que nos trasciende y nos justifica.
Somos eso.
Somos lo que hacemos para ir dejando menos huecos en los que vienen.
Aún en esa misión, en esa gesta heroica de ir alimentando la esperanza en los días que no veremos, hay la necesidad de ver cumplida la tarea, de mejorarnos en ellos, en la sangre que dejamos para una humanidad que imaginamos espera eso de nosotros.
Es una buena forma de no sentirnos solos. De pensarnos sujetos de las revoluciones que se vienen, de las justicias a conquistar, de las desigualdades a resolver.
La trascendencia de nuestro propia existencia es lo que está en juego en ese devenir. Nada menos...
No vamos a dejar carne sana ni huesos intactos, pero soñamos con transmitir menos dolores, menos cansancios, menos resignaciones a que todo es así, como lo encontramos al llegar.
Por eso ellos son nuestro futuro, el horizonte que nunca llegaremos a alcanzar pero sí imaginar por ellos conquistado.
Pueden ser nuestros hijos, o no serlos. Todos lo son en cierta forma y ninguno es más nuestro que del resto.
Apenas somos transmisores de roturas, pero dignos buscadores de la inmortalidad de la esperanza.
Pablo Isi
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