Basta un pase de su mano, apenas eso, para que brillen las almas hundidas en el fango, las nunca vistas, las enterradas en los arrabales, las escondidas en las sombras de las chimeneas de las fábricas, las que huelen a aceite y tiemblan bajo todos los infiernos.
Una palabra apenas, para que la esperanza irrumpa destrozando miserias, alzándose como ola inmensa que arrasa con los malos presagios y se lleva puestos los destinos de hoguera.
La veneran en los altares de los ranchos, la iluminan a vela los desterrados y los negados, le hablan en las noches para que el frío pase y la saludan al levantarse para que las penas se rindan a su paso.
La perduran los grasitas, los de allá abajo, los que nunca tuvieron más cielo que su risa, vengando cara a cara los siglos de desprecio de las damas enjoyadas con olor a bosta de vaca.
La enarbolan los Pueblos, la hacen antorcha y viento, bandera y compromiso de victoria.
Santa Evita de los pobres, señora y madre nuestra.
Pablo Isi

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