La Tere nunca la tuvo fácil.
Cuando nos veía desde la puerta de la casa salía para la esquina con ese paso que reconocíamos a cualquier distancia, medio arrastrando los pies como fantasma y pegando un saltito cada tanto como para despegarse un rato de ese suelo que le dolía tanto.
La risa de la Tere era magia pura. Uno se preguntaba como hacía para meterle tanta onda a una vida que la venía castigando desde que nació.
Pero la Tere no aflojaba... cuando se buscaba una segunda para ir a cualquier parte, la primera era ella, donde sea, no importaba si pintaba para pudrirse, o si había que patear cuadras bajo la lluvia, la Tere estaba.
En esos años en que el mundo se abre ante los ojos, la vida se presume eterna y cada día se devora sin guardar nada, la Tere era la mimada de una banda de vagos que cuidaban la esquina como si fuera la Bastilla.
Ese tiempo glorioso, de sabia inconsciencia y amistades selladas a fuego, se ennegreció de golpe cuando en plena primavera, la muerte asomó brutal e inesperada con el aluvión monstruoso del maldito virus que castigaba amores y condenaba sin piedad los intentos de volar a cualquier cielo imaginario que te alejara de la mugre por un rato.
Un día cayó Pedro, y Laurita más tarde, y ahí se vino el desfile de cadáveres crueles, que dejaban los rastros de los cuerpos radiantes que de un momento a otro dejaban de reír, de bailar, de ponerse a cantar las madrugadas haciendo carnaval en las esquinas.
Esa alegría que portábamos como carnet de identidad cayó de rodillas, se rindió a ese rayo artero que vino a partirnos en pedazos la fiesta de la vida.
La Tere fue una de las sobrevivientes, pero su risa quedó malherida para siempre cuando el Rulo se fue quedando sin cuerpo de a poquito y ni siquiera pudo dedicarle una última caricia.
Ya no hubo saltito en el andar que matizara el paso de los pies arrastrándose y la Tere fue ensombreciéndose como si cuarenta años le cayeran de golpe.
El tiempo hizo lo suyo y la Tere fue andando otros caminos. De tanto en tanto aparecía en la Doble visera intentando la risa al vernos, con un esfuerzo que se le notaba y nos colmaba de ternura y nostalgia.
Después no la vi más. La busque un par de veces en el Facebook, pero ni rastros. Hasta ayer...
No se bien como funciona esta brújula mágica que nos hace caer sentados de tanto en tanto, pero algo debe haber que ilumina este mundo de a partecitas para que la oscuridad no tape definitivamente el horizonte.
En esta insoportable isla que nos cuida de otro virus y tratamos de romper desde las pantallas y los teclados, la risa de la Tere irrumpió como un trueno que casi me tira de la silla.
Ahí está, renaciendo, abriéndose camino a pura sonrisa con su cartel de "Quedate en Casa" y los dedos en V, desde el lugar de batalla que encontró para seguir peleándole a la muerte. La Tere es enfermera, y si la Tere nos cuida, ponele la firma que no le va a ser fácil a este virus de mierda torcernos el brazo.
Pablo Isi
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