miércoles, 22 de abril de 2020

Joaquín Carregal, compañero

Joaquín era alto. Altísimo para los pocos centímetros de mis 7 u 8 años... Además de ser alto y flaco, era el padrino de mi hermana Vero, y era cura.
Recuerdo la sonrisa de Joaquín, no puedo recordarlo de otra forma que no sea sonriendo.
Venía seguido a casa a charlar con mis tías y mis viejos, hasta que dejó de venir.

- Se fue a Europa.
- A Europa? Pero así, sin saludarnos?
- No pudo pasar a despedirse, se fue rápido.

Cosa rara estos curas. Siempre tranquilo Joaquín, nunca estaba apurado, hablaba lento y con una calma que llenaba de paz en un tiempo en que todo era infierno, y de repente se iba así, de un día para otro...

Cuando volvió, después del triunfo de Alfonsín, yo ya tenía 16 y hacía un par de años que militaba en la Juventud. Ya no me parecía tan alto, pero la sonrisa era la misma. Llegué una tarde y ahí lo vi, mateando en el patio inmenso con la familia a pleno conmocionada y feliz por el regreso.

Me sumé un rato a la ronda y me sorprendió mucho escucharlo. En esos años de abrir los ojos a muchas cosas, los curas y la revolución eran para mí veredas opuestas. Hacíamos del ateísmo una causa trascendental, como si en ella estuviera en juego el futuro de la humanidad, el sueño de una sociedad sin explotadores ni explotados definiéndose en la absurda discusión de si Dios si, o si Dios no.

Los curas tercermundistas eran una especie de sociedad misteriosa y secreta que en esa adolescencia transcurrida en la oscuridad absoluta de los años de dictadura no parecían ser reales, o al menos no en esta tierra. Estaban en las canciones y en los relatos de viejos militantes a los que escuchaba con pasión, pero siempre imaginando que en sus palabras, la necesidad de honrar la heroica lucha y resistencia debería necesariamente estar cargada de una épica exagerada.

Los años y la sed hicieron que tiempo después fuera descubriendo que la vida real superaba largamente cualquier leyenda, y que además de Camilo Torres hubo y había muchos otros que abrazaron con fervor revolucionario la palabra de un Cristo que tanto había sido vapuleada y desfigurada por la Iglesia Oficial y su usina publicitaria a favor de los poderosos.

Supe entonces del Joaquín de la capilla de Avellaneda en la que muchos compañeros de la tercera columna compartían sueños y proyectos, dispuestos a dar la vida por una sociedad más justa.

Las armas no eran el camino que Joaquín recorría, pero su compromiso social fue escuela de militancia para muchos de ellos. Ese compromiso entre religión y política que muchos curas reafirmaban cada día era una especie de Buena Nueva que unificaba rumbos en la lucha por la Patria Socialista y la palabra del Cristo de los pobres.

Joaquín abría ojos. Culto, inteligente, abierto.
Dos meses después del golpe, los milicos lo fueron a buscar, apenas unos días después de la masacre de los Palotinos en San Patricio. Dios, diría el, quiso que no lo encontraran, y Quarracino logró convencerlo del exilio en Madrid, hacia donde partió en el auto de Pío Laghi.

Después del regreso, convocado por Novak, y de esos pocos minutos de escucharlo en el patio tomando los mates de mi abuela, sólo seguí sus pasos por las noticias de la familia que llegaban a casa,

Cuanto hubiera dado por sentarme a escucharlo un tiempo más tarde, cuando la vida fue puliendo las pupilas y las miradas enfocando mejor, apenas un poco mejor, pero lo suficiente para saber ver que lo único que define a los compañeros, es como se paran frente a la injusticia.

"Hay una cosa en la vida, más importante que Dios, y es que naides escupa sangre, pa' que otro viva mejor" cantaba Atahualpa. Por ahí pasa la cosa, esa es la línea que define las veredas, no otra, y Joaquín nunca tuvo dudas en cual de ellas debían estar los verdaderos cristianos.

Joaquín murió en 1994, cuando el corazón decidió parar lo que no pudo parar la dictadura ni el exilio.
Joaquín Carregal, cura, compañero.

Pablo Isi

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